La Girardot de mis sueños
La Girardot de mis sueños
Anoche soñé caminando por un Girardot distinto, un Girardot futurista. Las calles estaban despejadas y conducían a un centro histórico vivo, vibrante, donde en el corazón se alzaba majestuosa la Plaza de Mercado Leopoldo Rother. Ya no era solo un edificio olvidado: se había convertido en un espacio cultural donde vivanderos, artesanos, cafeterías y restaurantes ofrecían sus productos a visitantes llegados de todas partes del mundo, atraídos por la obra de uno de los arquitectos que llevó progreso a la nación en el siglo XX.
En el lugar donde antes funcionaba el antiguo pabellón de carnes y el matadero municipal, ahora brillaba un moderno Centro Cultural. Sus amplios salones acogían exposiciones, conciertos y eventos comunitarios, y su arquitectura integraba historia con futuro.
Seguí caminando hacia la base del puente Ospina y me encontré transitando por una hermosa vereda que bordeaba el río Magdalena. Aquel sendero, sombreado y acogedor, conducía hasta el embarcadero turístico, totalmente recuperado. Allí, la antigua trilladora Magdalena había renacido como un sitio de encuentro, lleno de vida, con restaurantes y terrazas que miraban al río. El Boga navega con su carga a la sombra del ceibo, testigo silencioso de la historia ribereña que aún susurra entre el follaje y la brisa del Magdalena. En la playa, pescadores lanzaban sus redes mientras los turistas disfrutaban la vista del caudal y del puente férreo, orgulloso testigo del pasado.
Más adelante, en la zona de la estación, vi la antigua casona con sus puertas abiertas. Volvía a latir el Ferrocarril de Girardot. Como en sus primeros días, el tren partía rumbo a Tocaima con parada en la estación de Pubenza. La gente fluía alegre entre la compra de tiquetes y la espera de su viaje.
El Camellón del Comercio estaba iluminado y lleno de sonidos que invitaban a recorrerlo. Grandes negocios abrían sus puertas como en los tiempos de esplendor, y el bullicio de compradores y visitantes le devolvía su antiguo vigor.
Y entonces desperté.
Desperté de la Girardot de mis sueños con una mezcla de alegría y nostalgia. ¿Acaso todo fue solo un sueño? Quizás. Pero lo que sí es real es que hemos perdido el horizonte como sociedad. Hemos dejado de amar lo nuestro, de luchar por lo que tenemos, de soñar con lo que podríamos ser.
Tal vez ha llegado la hora de volver a soñar… pero con los ojos abiertos.
Recuerdo el valor del respeto por los mayores, por los profesores, por la policía.
Recuerdo el colegio Barbula, el colegio Americano, años 70 inolvidables, la pista más grande de América, la gallada del barrio liderada por mi tio (pantalón negro y camisa azul), Recuerdo a mis tias(os) abuelos que hermoso era visitar el campo, ect. Recuerdo la bolera, los teatros, Recuerdo mi vida en cada esquina de mi Girardot.
Excelente relato y un llamado para que la autoridad municipal y ambiental fije sus ojos y recursos en una ciudad próspera y actualizada concordante con la ya existente infraestructura turística.
Qué artículo tan hermoso 😍. Yo también sueño con una ciudad en la que la cultura y el deporte sean una prioridad, para recuperar el rumbo de nuestros jóvenes y para el disfrute de todos